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6 marzo- 25 mayo 2014
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Los transexuales del Brasil, por Pep Bonet / NOOR . abril de 2012 – Rio de Janeiro & Fortaleza

El activismo político transgénero apenas empezó en el Brasil de los años noventa, como consecuencia de la epidemia de SIDA, a diferencia de la movilización gay y lesbiana a favor de la igualdad de derechos, que databa ya de los años setenta.
Las personas transgénero han tenido menos éxito que los hombres gay y las lesbianas en la obtención de alguna forma de aceptación pública y del reconocimiento legal de sus derechos.
En Brasil hay relativamente pocos grupos activistas que abarquen toda la gama de sexualidades y géneros alternativos. Dado que en el marco de esos grupos mixtos los transexuales tienden a diferenciarse de los travestidos, se ha extendido el uso del término “GLBTT” : Gay, Lesbiana, Bisexual, Travestido y Transexual.
La penosa situación política y social de las personas transgénero en Brasil podría mejorar paulatinamente si hubiese entre ellas más médicos, abogados y otros profesionales. Sin embargo, a la discriminación que limita ya su grado de educación se suma el hecho de que la mayoría de los travestidos no parecen dispuestos a hacer los sacrificios requeridos para lograr una educación superior.
A diferencia de los trabajadores de sexo femenino que tienen variedad de opciones para ejercer la profesión (la calle, los clubes y prostíbulos o a través de anuncios) los travestis suelen trabajar en la calle y en burdeles de ínfima categoría, conocidos como “privés”. En ellos, su proxeneta suele ser un pequeño traficante, al que se califica como cafetão, u otra travesti o transexual a la que se denomina cafetina. La cafetina cobrará por el alquiler de la habitación en el burdel, por la comida y velará por mantener en activo al travestido.
A menudo las cafetinas envían a los travestidos a otros proxenetas en Sao Paulo y Rio de Janeiro, para que trabajen, se hormonen de forma masiva y se sometan a transformaciones físicas con inyección de silicona, implantes mamarios y otras formas de cirugía plástica.
Algunos travestidos, sobre todo los dedicados a actividades sexuales, pasan a convertirse en “bombardeiras”, expertos en la inyección de silicona industrial en los cuerpos de otras personas transgénero. La transformación de glúteos, piernas, pechos o caras, es una componente característica de la vida de muchos travestidos, pero la inyección de silicona tiene numerosos efectos negativos. El rechazo por parte del sistema inmunológico, el riesgo de que pase a la corriente sanguínea o que alcance órganos vitales, es una constante.
Una vez transformados, las cafetinas brasileñas envían a sus travestidos a Europa (principalmente a Italia, Francia, Suiza, Alemania, España y Portugal) donde otra proxeneta se encargará alojarles y prostituirles hasta que logren pagar los gastos de su transformación. Una vez pagados los préstamos, que pueden ser financiados a un elevado interés, el travestido queda libre.
Si, para entonces, el travestido ha conseguido evitar la drogadicción, el contagio del virus de inmunodeficiencia humana (VIH) y la caída en la senda de la violencia, tiene bastantes posibilidades de regresar a Brasil con dinero suficiente para adquirir una casa y un vehículo. A menudo, durante su estancia europea envían dinero a los mismos progenitores que los rechazaron.
Los clientes de los travestidos suelen ser hombres, en su mayoría casados, considerados “normales” en público y que adoptan un rol pasivo en las relaciones sexuales. Los expertos en SIDA consideran que en Brasil la prostitución transgénero es una importante vía de contagio: el travestido transmite el VIH al cliente y éste a su pareja. La mayoría de los nuevos casos brasileños de infección del VIH corresponden a parejas jóvenes, tanto gays como heterosexuales.
Además de estar expuestas a riesgos sobre la salud, las prostitutas transgénero que trabajan en la calle son víctimas constantes de la violencia de policía, clientes, transeúntes y, a veces, de proxenetas. Las agresiones a las que se ven sometidas van desde intimidación o palizas hasta torturas y disparos con armas de fuego. Algunos grupos de hombres consideran una diversión dar palizas a los travestidos o las balaceras desde vehículos en marcha. De modo semejante, algunos clientes particulares se complacen en adoptar comportamientos sádicos.
En las grandes ciudades, quienes se dedican a la prostitución callejera suelen estar obligados a pagar una comisión semanal fija en concepto de proxenetismo. Pagando, el trabajador sexual adquiere el derecho a trabajar en un sector determinado cuya pertenencia al proxeneta en cuestión está reconocida. A cambio de esa comisión, se le asegura protección contra el acoso de otros proxenetas y, en principio, contra la acción policial.
Las trabajadoras sexuales suelen tener un proxeneta masculino, un cafetão, y los travestis y transexuales una proxeneta femenina, la cafetina. Aunque la relación entre el trabajador sexual y el cafetão se funda esencialmente en el miedo y la intimidación, la relación con la cafetina es a menudo bastante distinta. En muchos casos, aporta un alto grado de orientación y apoyo afectivo, actuando como una madrinha (madrina) especialmente cuando los travestidos llegan a las grandes urbes de Sao Paulo o Río de Janeiro procedentes de regiones remotas.
Los efectos conjuntos de la discriminación, las humillaciones, la carencia de educación y el alejamiento del núcleo central de la vida social imponen un enorme esfuerzo emocional a las personas transgénero de Brasil, en especial a aquellas que se ganan la vida como trabajadores sexuales. Los agudos problemas sociales de carácter estructural que afrontan los pobres en Brasil, sumados al aislamiento y la discriminación en el caso de las personas transgénero, frustran su aspiración al reconocimiento de los más elementales derechos humanos y en el campo de la ley.
Las presiones para caer en la drogadicción y la delincuencia son inmensas, pero las personas transgénero son también especialmente vulnerables al contagio del SIDA y al hundimiento en el cinismo y la desesperación. Se trata de escollos que sólo se logran evitar haciendo un despliegue sobrehumano de valor y entereza.
Organizaciones no gubernamentales y organismos públicos municipales, federales y estatales asesoran y asisten a las personas transgénero con programas de prevención y ayuda contra las enfermedades venéreas y el SIDA.

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Brazil’s transsexuals by Pep Bonet / NOOR – April 2012 – Rio de Janeiro & Fortaleza

Transgender political activism in Brazil only began in the 1990s, as a result of the AIDS epidemic, in contrast to gay and lesbian mobilization for equal rights which dates back to the 1970s.
Transgender people have been less successful than gay men and lesbians in gaining any form of public acceptance and legal rights.
There are relatively few activist groups in Brazil that encompass the whole range of alternative sexualities and genders. Within these mixed groups, transsexuals tend to distinguish themselves from transvestites, hence the increasing use of the term “GLBTT”–Gay, Lesbian, Bisexual, Transvestite, and Transsexual.
The dire political and social situation of transgender people in Brazil could gradually be alleviated if more transgender people qualified as doctors, lawyers, and other professionals. However, in addition to the discrimination that limits their education, most transvestites seem unwilling to make the sacrifices necessary to obtain higher education. They seem to believe that to do so would also mean sacrificing the most important years of their lives as beautiful women.
Unlike female sex workers, who have a range of professional options available to them, transgender sex workers often feel they have no options. Many see prostitution as the price they pay for choosing to transform. Moreover, whereas female sex workers have a wide range of options within the profession–the street, various types of nightclubs and brothels, advertising in newspapers and on the Internet–transvestites generally work the streets and low-end brothels, known as “privés.”
Transvestites’ clients are generally men who appear as being “straight” in society. Many, if not most, are married. Contrary to what one might expect, in the majority of instances, the transvestite sex worker performs the active role in sexual intercourse, the male client assuming the passive, receptive role.
In these instances, the cafetina functions as a parent figure, especially if, as is often the case, the transvestite has effectively been expelled from her family, usually at an early age. In
these relationships, the cafetina is referred to as the Madrinha (Godmother) and the transvestite considers herself a filha (daughter).
Crucial to whether her transvestites will be guided towards or away from criminal behavior and drug abuse is the character and outlook of the cafetina.
Transvestites are often sent by cafetinas in the central, north, and northeastern state capitals to their counterparts in São Paulo and Rio de Janeiro where they work the streets, take massive doses of hormones, and have their bodies transformed by silicone pumping, breast implants, and other plastic surgery. They are then sent on to other cafetinas based in Europe, principally Italy, France, Switzerland, Germany, Spain, and Portugal.
The entire process of travelling to and working in Europe is organized by the cafetinas. The transvestite typically flies to a country that is not her final destination and then enters the final destination clandestinely. Thereafter, the Brazilian cafetina’s European counterpart arranges for accommodation and work, which, depending on the country or region may be on the street or in a brothel.
If the transvestite is unable to pay for the pumping, plastic surgery, and transport to Europe, she may be financed by the cafetinas. Effective interest rates vary, but they are always excessive.
Once the loans have been paid, the transvestite is free and is not tied to a particular cafetina structure. The transvestite who manages not to become addicted to narcotics or to be infected by HIV and to steer clear of violence stands a reasonable chance of returning to Brazil with enough money to purchase a house and a car. They frequently also send money to the same parents who rejected them.
Silicone pumping, by which buttocks, legs, and sometimes breasts and faces are transformed, is a staple of many transvestites’ lives,
AIDS experts believe that a significant hidden route of transmission of AIDS in Brazil is through transgender prostitution: the transvestite passes HIV to the client and the client in turn passes the virus to his wife or partner. In Brazil most new HIV infections occur in young gay and heterosexual couples.
Transgender prostitutes working the streets are routinely subject to violence from the police, clients, passers-by, and sometimes, from pimps. Such violence includes beatings, intimidation, torture, and shootings.
In some cases the violence is random and indiscriminate. Some groups of men consider it fun to beat up transvestites or conduct drive-by shootings. Similarly, some individual clients indulge in sadistic behaviour.
In Brazil, there are two kinds of pimps: male pimps, known as cafetões; and transvestite pimps, known as cafetinas. Cafetões are generally low-level drug dealers. Cafetinas run boarding houses for transvestites.
Especially in the major cities, all prostitutes who work the streets are required to pay a pimping fee. This is generally a fixed weekly fee that buys the right to work a particular area where the pimp in question has rights. In return for the fee, the pimp confers protection from harassment from other pimps and, in principle, from the police. Female sex workers pay the fee to cafetões. Transvestites pay the fee either to a cafetão or to a cafetina who has street rights.
Many transvestites live in houses run by cafetinas. The cafetina charges a daily fee for board and lodging.
Whereas the relationship between the sex worker and the cafetão is essentially based on fear and intimidation, the relationship between the sex worker and the cafetina is often quite different. In many cases the cafetina provides a significant level of guidance and emotional support, especially when the transvestite has moved from a distant region to the major cities of São Paulo or Rio de Janeiro.
Especially those who engage in sex work. Some transvestites become specialists, known as bombardeiras (pumpers), in pumping industrial silicone into the bodies of other transgender people.
There are a number of adverse effects of silicone pumping, including silicone dropping down into the ankles and feet, the immune system’s rejection of silicone, and the risk of silicone entering the bloodstream or vital organs.
Breast implants and facial surgery are generally performed by licensed (and also possibly unlicensed) plastic surgeons who specialize exclusively in attending transgender people.
The deep structural social problems faced by the poor in Brazil, combined with the isolation and discrimination encountered by transgender people, conspire against their attainment of the most basic human and legal rights.
There are a number of NGOs and federal, state, and municipal government agencies that offer various forms of advice and assistance to transgender people, mostly as part of STD/AIDS prevention and assistance programs.
The combined effects of discrimination, humiliation, lack of education, and isolation from mainstream society place enormous emotional strain on Brazil’s transgender people, especially those who earn their living as sex workers.
The pressures to succumb to drug abuse and criminality are enormous, but transgender people are also especially vulnerable to contracting AIDS and to falling into cynicism and despair. Avoiding these pitfalls demands remarkable courage and strength of character.
– See more at: http://pepbonet.com/2012/08/news/all-imperfect-things/#sthash.5DcncW5k.dpuf

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